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'Leyendas de Acarí'

CARAVELÍ (AREQUIPA-PERÚ)


El distrito de Acarí se encuentra ubicado en la parte norte de la provincia de Caravelí, en el departamento de Arequipa. Tiene un territorio aproximado de 799 kilómetros cuadrados y una población de unos 5.000 habitantes.

Se encuentra protegido a ambos lados por dos cadenas de cerros con una geografía muy caprichosa, donde abundan inmensos arenales con abruptos cortes y abismos y donde proliferan gran cantidad de elevaciones, que en ciertas épocas del año se cubren de pastizales. Es un territorio que divide al distrito y a su capital en dos partes y que en tiempos de lluvia, el río que lo atraviesa se llena de agua nueva, siendo imposible el paso de un lado a otro, dejando a la población aislada.

La palabra Acarí proviene del vocablo quechua ÑACARI, que equivale al castigo, 'sufrimiento'. Otros historiadores manifiestan que Acarí significa tierra de chicha, es decir ACCA: chicha y ARI: sí.

Desde tiempos remotos, en el pueblo de Acarí existen muchas leyendas, conocidas por todos los pobladores del lugar, y que sirven para dar a conocer las costumbres y creencias de los primeros pobladores que vinieron en la época ancestral, quienes se dedicaban al trabajo rudo en las minas de oro.

Entre las muchas leyendas que circulan y prevalecen hasta la actualidad, tenemos: la leyenda del Cerro del Toro Mata, el Huanchaco Enamorado, la Viuda, las Brujas, la Sirenita …

En esta oportunidad le ofrecemos las siguientes leyendas, narradas por un poblador acarino: don Juan Gutiérrez Chamorro , profundo investigador empírico de la historia de su pueblo. En la actualidad cuenta con un borrador en el que ha recopilado con gran maestría sus mitos, costumbres y leyendas. La obra cuenta, además, con fotografías de restos arqueológicos y en ella propone la creación de un circuito turístico en la zona.

“LA LEYENDA DEL CERRO DEL TORO MATA”

En épocas de coloniaje existieron unas minas de oro en algún lugar del imponente CERRO DE ARENA, ubicado al este del pueblo de Acarí. El codiciado mineral era explotado por un grupo de españoles, cuya actividad realizaban en secreto por temor a que la gente conociera de la existencia de este riquísimo mineral. Los años pasaron y tuvieron que redoblar en extremo sus cuidados, optando porque las labores de la mina fueran hechas solo por cholos o negros traídos de tierras muy lejanas; sin embargo, los nativos que al comienzo fueron reclutados, jamás regresaron a sus hogares, por lo que los pobladores comenzaron a sospechar y empezó a correr un gran rumor que fue creciendo: se generalizó un descontento total, llegando a producirse serios accidentes, por cuanto corría la voz que a los mineros desaparecidos los habían matado y enterrado en los mismos socavones de la mina. Ante ese inminente peligro, los españoles idearon un ardid y lo pusieron en práctica, aprovechando la profunda ignorancia que reinaba en ese entonces.

Inventaron el cuento de que el cerro de Arena tenía vida y que se convertía en un gran y descomunal toro de color negro que bajaba bramando y furioso, para matar a los hombres que trabajaban en esas minas.

'Los nativos que al comienzo fueron reclutados, jamás regresaron a sus hogares, por lo que los pobladores comenzaron a sospechar y empezó a correr un gran rumor que fue creciendo'


Los antiguos peruanos creían que los cerros tenían vida, y para pedirles protección, tenían que pagarle con vidas humanas; estas creencias se mantuvieron en las costumbres hasta mediados del pasado siglo y aún se conservan en algunos pueblos remotos de nuestra patria.

A los dueños de la mina el ardid les salió muy bien, porque el pueblo lo hizo suyo, aceptándolo y considerándolo como una realidad; vino a reforzar enormemente esta creencia el ruido que se produce en el cerro de arena cada cierto tiempo, fenómeno que continúa produciéndose aún en nuestros días, teniendo la particularidad de asemejarse al mugido de un gran toro. Por eso es que los pobladores tenían miedo de acercarse a las minas, porque creyeron que efectivamente el toro mataba gente, por eso decían: “no vayas a ese CERRO porque el TORO MATA”, derivándose con el tiempo en el CERRO DEL TORO MATA.


“EL HUANCHACO ENAMORADO”

Existía en el distrito de Acarí un famoso brujo que pretendía a una muchacha, hija de un humilde chacarero (labrador) que era para él la niña de sus ojos.

Por ese tiempo empezó a frecuentar el lúcumo (árbol de cítricos) de la huerta, un lindo huanchaco (ave silvestre pequeña ) silbador, de pecho rojo y ojillos brillantes como ascuas, que no cesaba de cantar y hacer cumplidos a la joven cada vez que la veía llegar al huerto a coger ciruelas, y luego, cuando la doncella se desnudaba para bañarse en la acequia, todo era ver el cuerpecillo moreno como canela y sabroso como lúcuma madura, el avecilla se ponía a dar gritos de un extraño entusiasmo que más parecían tonadas de enamorado que trinar de un inocente pajarillo.

Una vez presentóse al chacarero la barragana del encantador. Una mujer extraña de ojos oscuros hermosísimos, de mirada honda y misteriosa, que pocas veces cruzaba palabra con la gente del lugar y que trabajaba todo el día en la chacra (finca) con su amante. Cosía como ninguna y guisaba sabroso y abundante, según decían quienes frecuentaban los convites de su amante el brujo. Díjole llena de celos y resentimientos: “El huanchaco del lúcumo es un infame seductor, que arde de deseos por tu linda hija; toma esta noche, cuando la luna esté más alta, un carrizo del río y haz una cerbatana. Prepara un dardo hecho con corazón de sacuara (caña liviana) y espina de buganvilla, mójalo con sangre de chivato negro. Escóndete debajo del ciruelo al pie del lúcumo y cuando la niña esté bañándose y comience el intruso a entregarse a sus extremos ardientes, dispárale apuntándole a la cabeza.”

'El huanchaco del lúcumo es un infame seductor, que arde de deseos por tu linda hija; toma esta noche, cuando la luna esté más alta, un carrizo del río y haz una cerbatana'.



Así lo hizo el buen hombre, muy de madrugada, y al poco rato se sabía en el pueblo la noticia de que se había encontrado muerto en su lecho al encantador con el ojo atravesado por un dardo. La mujer había desaparecido misteriosamente.

Lo más extraño fue que se buscaron las pistas del asesino en el suelo arenoso y no se las encontró. Ni de la planta desnuda del presunto verdugo, ni del pie menudito de la misteriosa barragana, que no era otra cosa que una grandísima bruja, envenenada por los celos a causa de los delirios de amor de su amante por la linda chacarerita.



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