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Historias de mujeres invisibles

que se convirtieron en visibles

MUJERES PRODUCTORAS DE MUYUPAMPA

Bolivia

Un grupo de mujeres apicultoras se ha unido para crear la Asociación de Mujeres Productoras de Muyupampa (AMPROM) en Bolivia. Tienen cada una su apiario en casa y periódicamente se reúnen en el centro de transformación para convertir la miel en champú, gel, miel, api, jarabes, cosméticos etc. En total, cuentan con 20 tipos de productos diferentes… ver más >

Un grupo de mujeres apicultoras se ha unido para crear la Asociación de Mujeres Productoras de Muyupampa (AMPROM) en Bolivia. Tienen cada una su apiario en casa y periódicamente se reúnen en el centro de transformación para convertir la miel en champú, gel, miel, api, jarabes, cosméticos etc. En total, cuentan con 20 tipos de productos diferentes que les permiten autonomía económica.

AMPROM ha conseguido romper con el estigma de que la mujer está en la casa cuidando a los hijos. Las 12 mujeres que actualmente forman la asociación (comenzaron 150 las formaciones), han tenido que luchar en sus propios hogares para poder formar parte de la asociación. A Luciana, Ibeth y Cilda, trabajar no sólo les ha permitido ser económicamente independientes, sino ganar en autoestima y en reconocimiento social, además de sacar adelante a sus hijos y costear su educación.

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MARÍA AITE HINOJOSA

Perú, 40 años

María tiene cuarenta años y vive en Chacán, un pequeño municipio inmerso en la sierra peruana, a 45 kilómetros de Cusco. Llegó aquí hace más de veinte años huyendo de su propia historia: un padre alcohólico que maltrataba a su esposa, y también a sus hijos cuando intentaban ayudarla. Una madre que a los 32 años decidió… ver más >

María tiene cuarenta años y vive en Chacán, un pequeño municipio inmerso en la sierra peruana, a 45 kilómetros de Cusco. Llegó aquí hace más de veinte años huyendo de su propia historia: un padre alcohólico que maltrataba a su esposa, y también a sus hijos cuando intentaban ayudarla. Una madre que a los 32 años decidió suicidarse para dejar de sufrir. Y una hija, ella, que a los once años tuvo que hacerse cargo de cuatro hermanos más pequeños, con las continuas ausencias del padre. Que no pudo terminar primaria y que a los 16 años dejó su casa para trabajar el campo. Se casó a los 18.

Desde entonces, ella misma reconoce que las cosas han cambiado mucho en Chacán. Las mujeres son cada vez menos sumisas, cada vez más visibles. “Había mucha humillación. Los hombres tomaban (bebían) y pegaban a las mujeres. Antes, todos los días veía a mujeres con ojos verdes por las palizas de sus maridos. Recuerdo que lloraba mucho cuando veía a mi padre pegar a mi madre. Las mujeres ahora sabemos que podemos denunciar. Estamos más protegidas”.

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SHIRLEY PLATA

Bolivia, 33 años

Shirley es abogada y experta en género de Nor Sud, una de nuestras organizaciones socias en Bolivia. Su experiencia nos permite conocer la situación de la mujer en el área rural boliviana y los recientes cambios legislativos en materia de violencia de género. En las zonas rurales de Bolivia, se mantiene  la cultura del hombre… ver más >

Shirley es abogada y experta en género de Nor Sud, una de nuestras organizaciones socias en Bolivia. Su experiencia nos permite conocer la situación de la mujer en el área rural boliviana y los recientes cambios legislativos en materia de violencia de género.

En las zonas rurales de Bolivia, se mantiene  la cultura del hombre machista, que manda y que tiene poder. Pero la normalización de la violencia de género está cambiando y han aumentado el número de denuncias por maltrato. Las mujeres empiezan a empoderarse de sus derechos… y en 2013, Bolivia aprobó una nueva ley electoral contra la violencia de género que ha endurecido las penas.

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YONI HINOJOSA

Perú, 45 años

Es la primera mujer alcaldesa de Chacán, un municipio rural peruano de 5000 habitantes. Desde que llegó al poder hace tres años, su principal objetivo ha sido defender los derechos de la mujer y acabar con su invisibilidad. A través de la asociación civil WARA, socio local de Ayuda en Acción en la zona, lleva… ver más >

Es la primera mujer alcaldesa de Chacán, un municipio rural peruano de 5000 habitantes. Desde que llegó al poder hace tres años, su principal objetivo ha sido defender los derechos de la mujer y acabar con su invisibilidad. A través de la asociación civil WARA, socio local de Ayuda en Acción en la zona, lleva a cabo proyectos, charlas y talleres que promueven la igualdad de género y previenen de la violencia familiar.

“Las mujeres me apoyaron con sus votos cuando me presenté. Cuando gané, la gente aplaudía pero después murmuraban “¿cómo una mujer nos va a mangonear?” De eso han pasado unos años. En la actualidad, más de un centenar de mujeres de Chacán participan en proyectos de hospedaje para turistas y una asociación de artesanas, en los que a través de formaciones aprenden a generar sus propios ingresos y a superar las barreras del machismo.

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En pleno siglo XXI, no existe ningún país en el mundo en el que mujeres y hombres disfruten de los mismos derechos y oportunidades. Ayuda en Acción cree en la igualdad entre mujeres y hombres como derecho y como medio indispensable para mejorar los resultados en la lucha contra la pobreza.

En los países donde la organización está presente, la violación de los derechos de las mujeres forma parte de la vida cotidiana de todas ellas: no tienen acceso y control de los recursos, servicios y oportunidades en condiciones de igualdad; sufren peores condiciones de trabajo, tienen dificultades para ejercer su derecho a la salud, no disfrutan de plena autonomía en la toma de decisiones relativas a sus propias vidas, sufren discriminación y violencia… Además, el 70% de las personas que viven en la pobreza son mujeres, lo que ha dado lugar a conceptos como la “feminización de la pobreza” o a afirmaciones como “la pobreza tiene rostro de mujer”.

En pleno siglo XXI, no existe ningún país en el mundo en el que mujeres y hombres disfruten de los mismos derechos y oportunidades. Ayuda en Acción cree en la igualdad entre mujeres y hombres como derecho y como medio indispensable para mejorar los resultados en la lucha contra la pobreza. Y precisamente es la realidad y la feminización de la pobreza, lo que nos empuja a no cesar de luchar por los derechos de la mujer…

¿Igualdad de oportunidades?

- De los 1.300 millones de personas que viven en pobreza extrema, 910 millones son mujeres.
- Dos tercios de las 796 millones de personas adultas analfabetas son mujeres. El 61% de los 123 millones de jóvenes que no saben leer ni escribir también son mujeres.
- Sólo entre el 1% y el 3% de las mujeres empleadas son propietarias de una empresa
- A comienzos de 2013, la representación de las mujeres en los Parlamentos del mundo no superaba el 20%
- Las mujeres de los países empobrecidos no poseen ni el 2% de la tierra cultivable, pero producen el 70% de los alimentos
- Ser pobre, ser niña o vivir en una zona en conflicto aumenta la probabilidad de no acceder a la educación

Matrimonio, embarazo y maternidad: el estigma femenino

- En 2012, se produjeron 287.00 muertes maternas por complicaciones en el embarazo que se podían haber evitado
- Cada minuto, una mujer muere en el mundo por complicaciones durante el embarazo o parto
- 350 millones de mujeres en el mundo no tienen acceso a servicios de planificación familiar
- Cada año, 600.000 mujeres jóvenes, de entre 15 y 24 años, se infectan de VIH/SIDA
- En los países en desarrollo, más de 60 millones de mujeres de entre 20 y 24 años contrajeron matrimonio o vivían en pareja antes de haber cumplido 18 años. Más de la mitad de ellas viven en Asia meridional.
- En Bangladesh, un 32% de la población infantil se casa antes de los 15 años y un 66% antes de los 18. En Mozambique, los porcentajes son del 21% y 56% respectivamente, y en India del 18% y 47%.

Violencia contra la mujer

- Cada 15 segundos, una mujer es maltratada en alguna parte del mundo
- El 70% de las mujeres asesinadas en el mundo lo son a manos de sus parejas
- La violencia de género es la principal causa de muerte o discapacidad de las mujeres de entre 16 y 44 años
- Unos 150 millones de niñas menores de 18 años han experimentado actos de violencia sexual y explotación
- El número de niñas que sufren abusos es entre 1,5 y 3 veces mayor que el de niños

 

#MUJERES INVISIBLES

Ayuda en Acción lleva más de 30 años contribuyendo a hacer visibles a muchas mujeres a través de sus historias, mujeres invisibles para la mayoría de las personas y que tienen que superar día a día enormes obstáculos para ejercer sus derechos. Mujeres Invisibles  pretende que las mujeres puedan disfrutar de plena autonomía en la toma de decisiones relativas a sus propias vidas. En este espacio podrás conocer la historia de superación de mujeres como Ibeth, Tomasa, Marka, Melvi, Sabina, María o Yoni. Mujeres luchadoras que son referentes en sus comunidades. Que alzan la voz y pasan de la invisibilidad a ser #mujeresvisibles.

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Maureen Adson

Malawi, 28 años

La determinación y el coraje llevaron a esta mujer del pequeño poblado de Chikojo, en el distrito de Machinga, a reclamar sus derechos sobre la propiedad de la tierra, salir de una situación de pobreza que cada vez era más profunda y convertirse en una emprendedora referente para las mujeres de su comunidad.

Madre soltera de una hija, una vez que obtuvo su Certificado de Educación de la Escuela de Malawi sus padres decidieron que ya podía independizarse y proveerse de su propio sustento. Tras un matrimonio efímero, Maureen choca con la cruda realidad que le sumía en la pobreza: “No tenía trabajo y tuve que afrontar varios problemas familiares.  La única opción viable era hacerme con suficiente tierra para que mi hija y yo pudiéramos sobrevivir”. En Malawi la propiedad de la tierra está regida por una costumbre en la que el patriarcado es muy fuerte, incrementando la brecha de desigualdad e injusticia en el acceso a los recursos de la tierra.

Es ahí donde empieza a conocer y acudir a los círculos REFLECT, la herramienta empleada por Action Aid Malawi para organizar y orientar a las mujeres sobre género y la defensa de sus derechos. Tras movilizar al resto de mujeres sin tierra de la región, ahora ya posee la porción de tierra que le pertenece en la que emplea a dos trabajadores y produce maíz, cacahuete, y tabaco: “Tenía la tierra pero nada con qué trabajarla, asumí el riesgo y pedí prestados 4 paquetes de fertilizante para empezar mi plantación”. Los derechos de las mujeres sobre la propiedad de la tierra en Machinga son asistidos e implementados por la Coalición de Mujeres Agricultoras (COWFA), socio local de Action Aid.

El caso de Maureen es un claro ejemplo de cómo la tierra puede transformar la vida de las mujeres rurales, a través de ella logran su independencia, puesto que con la comercialización del tabaco podrá construirse un nuevo hogar para ella y su hija y abrirá un pequeño negocio. Un buen comienzo para una nueva vida.

Foto: Action Aid Malawi

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Rosa Delia Dubón

El Salvador, 30 años.

Desde los 2.000 metros de altura donde habita su comunidad, en el Municipio de San Ignacio, Cantón Río Chiquito, esta mujer salvadoreña ha pasado de apenas sobrevivir del cultivo de flores a pequeña escala a convertirse en una emprendedora agroindustrial con la que abastece de mermelada orgánica a toda su comunidad.

Junto a su compañero de vida y sus tres hijos, Rosa solo cultivaba flores de distintas especies nativas como Cartuchos, Tigrillo y Agapanto. Aunque esta labor agrícola no permitirá obtener unos ingresos óptimos para el progreso de su familia. Por eso, en 2010, gracias a Ayuda en Acción y otras entidades de cooperación internacional inicia  un proceso de formación técnica en el área de procesamiento de alimentos envasados que no fue más que el germen de lo que vendría más tarde.

A partir de ese aprendizaje, nace la idea de diversificar la producción y crear un emprendimiento agroindustrial que permita fomentar el cultivo de fresas y melocotón. La cosecha es utilizada para iniciar la prueba piloto del procesamiento y elaboración de mermeladas orgánicas con el fin de mejorar la calidad de vida de Rosa y su familia: “Comenzar un negocio me ha dado reconocimiento, confianza y autoestima”.

La iniciativa, que está en su etapa de consolidación, actualmente procesa seis frutos: manzana, fresa, piña, naranja, mora y chilacayote (de la familia de la sandía y el melón) que, convertidos en mermelada, cuentan con su propia presentación y empaque. Rosa Delia los comercializa a nivel local en una zona de gran afluencia de turistas extranjeros (la región está declarada por la UNESCO como reserva de la Biosfera Fraternidad Trinacional) con los que alcanza unos ingresos netos de 200 dólares mensuales. Pero el beneficio para su comunidad no se queda ahí, pues ella comparte su experiencia, practica la solidaridad con las demás mujeres y familias de su comunidad, toma sus propias decisiones a nivel familiar y participa activamente en espacios comunitarios.

Foto: AeA El Salvador

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Stella Gitonga

Kenia, 42 años.

Sufrió violaciones desde muy pequeña. Con apenas 12 años empezó a ser violada por su profesor con el que se tuvo casar a pesar de que las palizas eran una constante en la relación. Hoy es la presidenta del grupo Kirira en Tharaka y trabaja sin descanso para erradicar la ablación de las costumbres locales para que no marque la vida de las mujeres desde su infancia.

A pesar de que no pudo disfrutar de una educación adecuada, Stella no ha parado de asistir a las niñas pequeñas que necesitan ayuda de su comunidad  y en el intento de evitar que sufran la MGF (mutilación genital femenina), tal y como tuvo que padecer ella: “Tenía tanto dolor que me quedé en estado de shock”.  Porque cuando tuvo que pasar por semejante experiencia, la ablación era una práctica comúnmente aceptada por la sociedad Tharaka: “Mi madre me decía que ese era el verdadero camino para llegar a ser una mujer”.

Empezó a trabajar bien jovencita para Kirira. Se separó de su marido, que la maltrataba, y comenzó una nueva vida como activista en contra la MGF a través de campañas educativas en las escuelas de su comunidad. En la actualidad ejerce de trabajadora social con los más pequeños gracias a la Fundación Kirira, en una región donde la tradición y la costumbre han relegado históricamente a las mujeres a un segundo plano. De hecho, la violencia de los maltratos era aceptada como parte de la disciplina que tenían que recibir.

Esta situación va cambiando gracias al trabajo y el esfuerzo de mujeres como Stella, que visibilizan un problema que incumbe a toda la sociedad y que, gracias a las campañas que lideran, consiguen que los maltratadores sean denunciados y castigados, a la vez que los hombres empiezan a escuchar y asumir el liderazgo de las mujeres. Será una de las coordinadoras de la casa de acogida que se pretende construir en Chiampu para mujeres y niñas víctimas de la mutilación genital femenina,  uno de los retos que actualmente impulsa Ayuda en Acción junto a su socio, la Fundación Kirira.

Foto:  Fundación Kirira

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Meyling Amador

Nicaragua, edad desconocida

Madre de cinco niñas, esta mujer, que pronto será abuela, es el referente de la comunidad de Walter Calderón, en el municipio de Rio Blanco, al que los vecinos acuden en busca de la atención sanitaria que necesitan. Nunca recibió una queja y como lideresa coordina junto con el Ministerio las brigadas médicas que apoyan a los niños y niñas en su crecimiento.

Fue hace cinco años cuando empezó a formar parte del equipo de brigadistas de salud de su comunidad. Ahora la buscan a ella: “Siento que las personas se sienten cómodas conmigo. Pasan los días y me gusta más mi labor de brigadista comunitaria”.  Porque Meyling ha sido capacitada en temas trascendentales para su comunidad como enfermedades (ETS), tuberculosis, malaria, estimulación temprana de los niños pequeños y en violencia intrafamiliar y sexual.

Muchas eran las mujeres que acudían a su casa llorando por el maltrato que sufrían en sus casas y gracias a la labor de mujeres como Meyling la situación va mejorando poco a poco: “Las mujeres cada vez están más informadas en estos temas, también damos charlas en el tema de salud”. Pero el trabajo de esta lideresa no termina ahí. Ayuda a mantener la limpieza en su  comunidad realizando charlas y concienciando a la gente en la buena gestión de los residuos: “Se les ha dicho a las familias que depositen la basura en un saco y que la saquen en lugares por donde pasa el recorrido del camión recolector para tener una comunidad limpia y sana”.

Con Ayuda en Acción colabora en los proyectos que se desarrollan en la comunidad y que han significado un gran cambio para Meyling y otras muchas mujeres como ella: “Somos mujeres trabajadoras de nuestras casas y de nuestras familias y antes pensábamos que el trabajo de los huertos era solo para los hombres y ahora nos hemos dado cuenta que también nosotras podemos hacerlo”.

Foto:  Silvio Ramires – AeA Nicaragua

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Reyna Rosales

Honduras, 45 años

Vive en Pueblo Nuevo, un pequeño caserío de la aldea de La Pita, desde donde ha pasado de vivir en una situación de dependencia constante del sustento económico de su pareja a convertirse en una mujer emprendedora, generadora de ingresos para la familia con su negocio basado en la cría de animales y venta de carne

Reyna no siempre vivió en esa aldea, antes residía en la comunidad de La Pita, aunque lo que sí que se mantenía en el tiempo era situación de dependencia económica de los ingresos que aportaba su marido: “Yo  carecía de conocimientos sobre cómo podía contribuir económicamente para la alimentación de mi familia, así que no colaboraba”. Aunque sí colaboraba con su comunidad participando en la iglesia y luchando por conseguir las mejoras necesarias para la escuela de sus hijos con la asociación de padres y madres.

El voluntariado de su marido como enlace comunitario en Ayuda en Acción acercó a Reyna a las capacitaciones que desarrollaba la organización en la región. Ahora está formada en temas tan trascendentales en la región como la Ley contra la violencia doméstica, derechos de los niños y niñas,  prevención de enfermedades como el  dengue,  equidad de género y autoestima. Además se integró en los procesos de estructuración, constitución y organización de la Caja Rural de Ahorro y Crédito, principal bote salvavidas para las emprendedoras agrícolas de esta comunidad hondureña: “Brindamos apoyo para el financiamiento de proyectos de cultivo de maíz, frijol y otros granos básicos”.

Gracias a estas capacitaciones agrícolas y micro empresariales Reyna creó una finca de ganado donde, junto a su marido, cría cerdos y produce carne de pollo que también comercializa en las comunidades próximas y  con lo que obtiene los ingresos necesarios para mejorar la vida de su propia familia y de ella misma: “Ahora también puedo comprar lo que yo necesito, esto ha contribuido a mejorar mi nivel de vida tanto económico como social”.

Foto: Juan Rosales – AeA Honduras

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Margarita Callejas

Bolivia, 21 años

De la comunidad de Sonqo Chipa, a 10 kilómetro de Sucre, esta joven ha superado todos los obstáculos que la vida le ha ido poniendo en el camino y su doble ocupación como promotora agropecuaria de su comunidad y como costurera le permiten sacar adelante a su pequeño de apenas dos años a quien gracias a la valentía y la perseverancia de su madre le depara un futuro digno.

Margarita tuvo que aparcar su sueño de ser enfermera porque la familia no podía permitirse su educación secundaria. Su escuela solo alcanzaba la primaria y el desplazamiento era muy costoso. Tuvo que hacer frente a una realidad que cubre a la mayor parte del país, puesto que el 49% de la población está por debajo de los 20 años: los embarazos precoces. Bolivia es un país donde la tasa de fecundidad juvenil es muy elevada. Y está relacionada directamente con su nivel de formación, con una variación que va del 4% al 32% en función de si han tenido la oportunidad de formarse o no. Margarita pertenecía a esta segunda categoría. Con apenas 19 años el padre no asumió sus responsabilidades y se convirtió en madre soltera.

Fue gracias a su madre por lo que entró en la Asociación de Costureras de Sonqo Chipa en 2009. Ayuda en Acción Bolivia y el Centro de Multiservicios Educativos (CEMSE) capacitó a Margarita y otras 15 mujeres y desde entonces se dedica al costureo de polleras y ropa deportiva que vende en el mercado local y con las que se saca unos 400 dólares mensuales con los que mantiene y alimenta a su hijo. Y a ella.

Además, los miembros de su comunidad la escogieron para ser su promotora agropecuaria pese a las tradicionales reticencias masculinas: “Los hombres pensaban que como mujer no podría hacer este trabajo, pero me esforcé y ahora apoyo a todas las mujeres que necesitan saber sobre trasplantes, preparación de huertos y  desparasitación”.

Por si fuera poco, en 2012 se embarcó en un viaje dentro del proyecto Seguridad Alimentaria y Desarrollo Económico a Ecuador donde el intercambio de experiencias le marcó: “Hoy me siento más segura de mi misma, antes tenía vergüenza de hablar y enseñar a los demás”. Como ella no pudo finalizar los estudios sus deseos para el futuro se han actualizado: “Ahora sueño con ver un día a mi hijo convertido en ingeniero. Pero, eso sí, nunca tiene que olvidarse de la agricultura, de trabajar la tierra con su pico y pala, como hace su abuelo”.

Foto: AeA Bolivia

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Zipporah Katenge

Kenia, 32 años.

Después de sufrir la mutilación genital siendo una niña, su vida de lucha contra la ablación en su país la ha convertido en auténtico modelo para la comunidad Tharaka, de la que es la primera mujer en acceder a estudios universitarios. Es filóloga, profesora de inglés en secundaria y activista a tiempo completo contra esta tradición tan perjudicial que aún tiene arraigo en países como Kenia.

Iba al colegio donde trabajaba su padre, lejos de su madre y de su hermana, y con apenas 12 años durante unas vacaciones de verano, Zipporah fue mutilada obligada por su padre: Decían que no me dolería, que llevaría poco tiempo, pero el dolor que experimenté era tan profundo que pensaba que iba a morir.

Cuando Zipporah contaba con apenas 20 años entró a formar parte de Ayuda en Acción Kenia, que la acogió en el seno de  su organización como ayudante. En ese momento comenzó a  ayudar en la formación de la Fundación Kirira y su grupo antiablación con el que concienciar a la población Tharaka de los peligros y los daños irreparables que supone la mutilación genital femenina  en las niñas. Ocho años después, cubierto su trabajo en AeA,  empieza  a trabajar para Kirira a la vez que compaginaba sus estudios  superiores de filología inglesa en la universidad de Nairobi gracias a la beca proporcionada por la fundación.

Se casó bien entrada en la veintena, a pesar de que tradicionalmente las niñas se suelen casar a edades mucho más tempranas, por lo que también tuvo que lidiar con tratos desagradables por parte de la sociedad, para la que tradicionalmente podría ser considerada una “solterona”. Madre de dos niños, evitó que su niña fuera mutilada y llegó a coordinar  la actividad de Kirira en Kenia, con la que sigue colaborando en la temporada estival ya que vive con su marido lejos de Tharaka. Sigue realizando campaña continua contra la mutilación genital femenina que el club antiablación realiza para  animar a las niñas a seguir marcándose metas en relación con su educación, motor de sus vidas y de la comunidad a la que pertenecen.

Foto: Fundación Kirira

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Tran Thi Hue

Vietnam, 45 años.

De la pequeña comunidad de Duc Bong, en la provincia vietnamita de Ha Tinh, esta campesina dedicada al cultivo de productos de temporada ha visto como sus cosechas de arroz desaparecían arrasadas por el agua. Hoy es miembro del equipo de rescate de emergencias para reducir el efecto de las inundaciones que, con demasiada frecuencia, sacuden con violencia su región.

Aún recuerda la experiencia de las inundaciones del 2007 cuando ella, sus dos hijos y su suegra, se quedaron atrapados en el tejado de su vivienda durante tres días mientras veían cómo subía el nivel del agua: “Acabábamos de cosechar todo nuestro arroz y lo perdimos todo. Cuando pudimos bajar al suelo vi el desastre, el agua se había llevado todos los árboles y nuestra cosecha había desaparecido”.  Para enfrentarse a esa situación, y siendo natural de una zona donde se producen unas tres inundaciones por año, Tran fue seleccionada por el Centro de Desarrollo Comunitario, socio local de Action Aid Vietnam, para formar parte del equipo de rescate en situaciones de emergencias.

Ahora, junto con otros seis representantes de la zona, elaboran planes de actuación en equipo, se reparten responsabilidades y mapean la región geográficamente para tener localizadas a las personas que, en caso de emergencia, son susceptibles de necesitar su ayuda con el objetivo de reducir las vulnerabilidades de la localidad al máximo posible y evitar así los desastres. También tienen registradas todas las tormentas que se van produciendo, para saber de dónde vienen o las direcciones que toman, datos que en el futuro pueden marcar la diferencia entre sufrir o no el desastre.

Pertenecer al equipo de rescate me hace sentirme más segura de mí misma al saber cómo responder al segundo de producirse la inundación. Además, mujeres como ella han aprendido las técnicas esenciales para actuar en caso de emergencia, así como mejorar la búsqueda y el rescate de afectados o cómo tratar el dolor de las víctimas. Aunque el gran cambio que observa Tran es el producido sobre las personas: “Estamos muy contentos porque hemos cambiado sus actitudes hacía las inundaciones, que ahora ven como algo contra lo que pueden luchar y reducir así su efecto en las personas de la comunidad”.

Foto: Harry Freeland / ActionAid

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Esperança Manuela Sinela

Mozambique, 52 años.

Se levanta a las 2 de la madrugada porque tiene que recorrer a pie las seis millas que le separan del mercado local de agricultores para tener todo listo a las 4 y poder vender sus productos y luchar así contra las barreras que le impone la libertad de mercado internacional. Es secretaria y activista de la oficina local de la Asociación Mozambiqueña de Mujeres.

Esta agricultora del distrito de Marracuene, 37 kilómetros al norte de Maputo, lucha cada día para sacar adelante su pequeña plantación, con la que alimenta a su familia. Tiene tres pequeñas parcelas que trabaja junto con sus dos bueyes, entregados por la oficina local de Action Aid como parte de su programa de ayuda a agricultores desfavorecidos. El gasto que le supondría hacerse con maquinaria pesada le imposibilitaría acceder a las semillas.

Para plantar el pepino suficiente en mis dos hectáreas necesito 20 bolsas, una inversión de 289 dólares, demasiado dinero para gastar en una cosecha que corre el riesgo de no cubrir ni tan siquiera los costes de la inversión”. Y a menudo la tierra se queda desnuda, porque mujeres como ella lo tienen imposible para obtener la financiación con la que podrían plantar maíz. Esperança se ve totalmente desamparada por su propio Gobierno, que apenas tiene capacidad para gravar la importación de productos como el pepino, la zanahoria o la lechuga, que llegan a precios muy bajos y  provocan la ruina a pequeñas agricultoras como ella.

Además, tiene grandes dificultades para hacerse con las semillas necesarias para continuar su trabajo. Y tampoco puede ser ayudada por el Estado con subvenciones para la adquisición de semillas que irían contra la normativa internacional de libre comercio y que le imposibilitan el acceso al crédito, ya que los bancos locales no cuentan con ningún programa de crédito para pequeños agricultores de la región y mantienen un interés del 22%, inaccesible para mujeres como Esperança. Tampoco tiene tiempo material para formar parte de la cooperativa de agricultores debido a su labor en la Asociación Mozambiqueña de Mujeres y al hecho de ser abuela soltera, por lo que se muestra preocupada: La agricultura es cada vez menos segura y a menudo me pregunto qué futuro le espera a mis nietos.

Foto: Gisele Wulfsohn / Panos / ActionAid

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Rita Kasozi

Uganda, 49 años.

Desde la escuela primaria de Kiryanga, esta profesora defiende con entereza el derecho a la educación de la infancia ugandesa y lucha por protección de las niñas frente a los abusos. Además, en su casa se encarga de los cerca de 40 niños de su extensa familia, fuertemente mermada por el SIDA. Lidera el programa de alfabetización de adultos de Action Aid en su país.

Durante los días que acude a la escuela, Rita saca tiempo de donde no lo hay y se hace cargo de los 17 niños que viven  en su casa junto a sus cuatro hijos. Además, su familia ha perdido a cuatro pequeños víctimas del sida, por lo que trata de mantener vigilados a los suyos. Sobre todo a las niñas, porque con demasiada frecuencia se conocen casos de abusos sexuales, lo que lleva a Rita a mostrarse pesimista y pensar que la situación respecto al hombre es cada vez peor debido en gran parte al consumo de drogas y alcohol. Como profesora, Rita insiste a las niñas en que vayan en grupo por los caminos y las conciencia para no caer nunca víctimas de sobornos a cambio de sexo o declaraciones de amor peligrosas.

Como profesora, Rita ha visto como gran cantidad de niñas han abandonado los estudios al contraer matrimonio o al quedarse embarazadas. Para luchar contra esta situación Rita es la actual líder de Reflect, el programa de Action Aid Uganda para la alfabetización de la población adulta. La concienciación sobre la educación de los más pequeños también va calando en la región y el número de niños que van a la escuela va subiendo poco a poco a pesar de que muchos de ellos se ven obligados a ayudar a sus familias en el campo o a cuidar de los más pequeños mientras las madres trabajan en las cosechas.

Pero el trabajo de Rita no termina ahí. Cruzando la calle de la escuela, acude con frecuencia a las instalaciones de Bomido (socio local de Action Aid), que lucha por incrementar los ingresos de las familias a través de mejoras en la agricultura, a iniciativa del gobierno, y que ha conseguido que las mujeres de la región empiecen a hacerse con sus primeros ahorros a pesar de la subida de precio de los productos más básicos. Aunque como reconoce Rita: “A pesar de que la igualdad va creciendo, la lucha por los derechos de la mujer aún no ha terminado”.

Foto: Georgie Scott / ActionAid

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Sinfo Nchama Nsue Ada

Guinea Ecuatorial, 41 años.

Nació en el poblado de Nsok-Nsomo, en la provincia de Kie Ntem en el seno de una familia muy humilde. Creció en la casa de su abuela, fabricada con cortezas de árboles. Su padre era polígamo, algo tan tradicional antaño como escuchar frases del tipo “una mujer no dice tengo hambre”. Hoy es presidenta de ASAMA, Asociación de Apoyo a la Mujer Africana en Guinea Ecuatorial.

Sinforosa ha tenido que superar muchas barreras y muchos sacrificios para poder desarrollarse profesionalmente. La buena relación de sus padres con cooperantes españoles propició que fuera becada, junto a otro de sus siete hermanos de madre. Comenzó a estudiar con 10 años gracias a las hermanas Vedrunas y, tras superar primaria y secundaria, se trasladó a Bata para estudiar magisterio. En su segundo año, se quedó embarazada y tuvo que vivir el calvario de ser madre soltera en un país donde no está bien visto.

Abandonó sus estudios para volver a Ebibeyin junto a sus padres y compaginó varios trabajos para poder realizar su ilusión: volver a Bata y acabar el magisterio. Tuvo que dejar a su hijo atrás para poder sacarse el título. Mientras esperaba conseguir trabajo, vendía ropas usadas para poder sustentarse. Cuando consiguió cubrir una plaza en el colegio S. Francisco Javier de Nkue, empezó una nueva vida para Sinfo.

En Nkue tuvo que compartir casa con varias personas, en un pueblo donde ni siquiera había mercado, pero ingresaba lo suficiente para mantener a su hijo. Pronto se mudó a una chabola en busca de independencia y conoció a su marido. Su vocación por la enseñanza la llevó a montar, apenas sin medios económicos y junto a otras maestras, encuentros con jóvenes sin formación, talleres de costura y cocina o cursos de alfabetización para adultos. Decidió contactar con la Unión Europea en busca de orientación y con la idea de crear una asociación. Siguió tocando puertas, quería formarse. Y consiguió apoyo en la embajada de Estados Unidos de Malabo, de PNUD o del Ministerio de Asuntos Sociales y Promoción de la Mujer de Guinea Ecuatorial.

Sinfo consiguió legalizar su asociación, ASAMA, en 2007. Hoy, tiene tres hijos y estudia su segundo año de licenciatura en Ciencias de la Educación. Y habla orgullosa de sus logros en ASAMA: “un centro de formación para adultos, seminarios de sensibilización, la promoción de pequeños negocios para mujeres a través de la Formación de microcréditos rotatorios, una guardería para mujeres jóvenes…”. Y, por supuesto, “que la Asociación de Apoyo a la Mujer Africana sea una de las grandes asociaciones con las que cuenta Guinea Ecuatorial”.

Foto: Arturo Bibang / Ayuda en Acción

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Sakina Bibi

Pakistán, 50 años.

El hecho de no haber tenido acceso a una educación de calidad no frenó a esta campesina en la lucha por defender el derecho y facilitar el acceso a los estudios secundarios de todas las niñas de la pequeña región de Basti Ahmad Dab, de la provincia de Punjab, al sur de Islamabad. Hasta ahora, la región solo contaba con una pequeña escuela primaria.

Después de separarse de su marido, Sakina tuvo que criar a su única hija y enfrentarse al desinterés de los políticos locales y a una sociedad con fuertes remanentes feudales que hacía que el único centro de educación secundaria al que podían acudir las niñas de las 25.000 familias de la región estuviera a 25 kilómetros. Ya sólo el desplazamiento suponía un gran peligro para niñas como Irfana, la hija de Sakina, que cuenta ahora con 20 años: “no quería que mi hija llevara la dura vida sin educación que tuve que vivir yo”.

Ante tal injusticia Sakina entró a formar parte de Tareemat Sanj, la primera organización de mujeres de la región que desde 2006, con el apoyo de Action Aid y su socio local Awam Dost Foundation, fue creciendo como actor social en la toma de decisiones de la región. Fue a través de distintas sesiones de concienciación y sensibilización donde esta mujer se familiarizó con los derechos de las mujeres y la importancia que supone la educación de las niñas para el acceso a otros derechos, porque para ella esa es la clave del futuro de las pequeñas: “sin educación una mujer no tiene ni poder, ni conciencia, ni derechos”.

Una vez concienciada, Sakina pasó a engrosar las filas del activismo político organizando encuentros con políticos, periodistas y sociedad civil hasta conseguir el compromiso de dos políticos locales que elevaron las demandas de estas mujeres al Ministerio y que acabó con la concesión de una subvención de 1.62 millones de dólares  para la construcción de un nuevo instituto en la región. Además, se aprobaba  la renovación de la escuela primaria de Basti Ahmad Dab que hasta entonces tenía que dar servicio a 25.000 familias como las de Sakina y que ahora puede ofrecer a sus hijas una mejor educación.

Foto: Action Aid

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Yerrampalli Suseelamma

India, edad desconocida

Esta mujer dalit agricultora, de la región rural de Matham, al sureste de la India, es parte activa de la lucha por conseguir la reforma del acceso a la propiedad de la tierra por parte de las mujeres y poner fin a su eterna situación de dependencia. Ha superado enormes dificultades para vencer el hambre y alimentar a su familia, y ahora lucha por los derechos de las mujeres.

Yerrampalli  veía, año tras año, como su sustento dependía  de las condiciones meteorológicas, lo que implicaba  que en la temporada de lluvias pasara largas temporadas de  vacas flacas. Si no podía trabajar, no comía, viéndose obligada en algún verano a emigrar a otros distritos del sur del país en busca de una ocupación que le otorgase un salario con el que poder sobrevivir y mantener a su familia.

Como el resto de mujeres dalit y la mayoría de las trabajadoras rurales del planeta, el principal problema que detecta Yerrampalli es el acceso de la propiedad de la tierra, lo que las deja al borde del hambre y la pobreza en demasiadas ocasiones. Eso motivó que entrara a formar parte de Andhra Pradesh Dalit Samakhya, socio local de Action Aid, que articula la lucha activa para reconocer los derechos sobre las tierras de las mujeres dalit. Con APDS empezó a acudir a reuniones, mítines  y a enviar solicitudes a los responsables públicos reclamando lo que consideraba un derecho propio.  Reclamaba 5 acres de tierra cultivable para cada mujer dalit desposeída de su tierra (poco más de 2 hectáreas), además del fin de la violencia y la discriminación contra las mujeres y las niñas dalit.

La campaña de esta mujer la llevó durante un año a hacer presión sobre los funcionarios públicos indios, que en más de una ocasión se rieron de sus intenciones sobre el derecho a la propiedad de la tierra de estas mujeres. Burlas que no frenaron a Yerrampali: “ahora no necesito temer a otros” comenta felizmente una vez que tiene en su poder  el documento que certifica su derecho y el de otras 120 mujeres dalit  a una pequeña porción de tierra.

Esta experiencia provocó que realizara un largo viaje hasta Hanumanthn, en el distrito de Prakasam, para acudir al encuentro público de mujeres dalit y así sumar más efectivos a la lucha por el reconocimiento de sus derechos. Y así, cuando se materialicen en algo más que un certificado oficial, hará que esta mujer y otras muchas conviertan en realidad sus deseos de tener su lugar propio en el mundo,  revertir la situación de injusticia permanente en la que viven para que sus familias puedan alimentarse todos los días y sus hijos puedan disfrutar de una mejor educación.

Foto: Action Aid

 

 

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Janaki Tharu

Nepal, 31 años.

Desde muy pequeña Janaki se vio obligada a trabajar, siendo forzada a fregar platos, lavar ropa o cuidar de niños. Fue liberada de la servidumbre a los 18 años. Hoy, casada y madre de dos hijos, es Presidenta de la Asociación Kamaiya de Conciencia de Género y una activista respetada de su comunidad en la lucha por los derechos de las mujeres y contra la desigualdad.

En el sur y oeste de Nepal, el sistema tradicional de servidumbre por deudas conocido como Kamaiya ha persistido durante muchísimo tiempo, hasta que fue abolido en el año 2000. Este sistema afectó principalmente a las tribus tharu y dalit, Janaki pertenece a la primera. Condenada desde muy joven a realizar trabajos forzados, cuenta que al menos tuvo la suerte de ser pagada por ello: recibía 500 rupias nepalíes al mes (unos 7 dólares). Su marido también fue trabajador en servidumbre y, tras ejercer de tirador de rickshaws, recolector estacional y trabajador agrícola,  fue liberado tres años más tarde que ella y ahora trabaja de conductor de tractores, lo que le obliga a pasar temporadas fuera de casa y con lo que gana unos 70 dólares al mes, ingreso que le permite cubrir a duras penas los gastos de su hogar.

A pesar de que el sistema de servidumbre fue abolido en Nepal, las mujeres Kamaiya siguen sufriendo discriminación y exclusión, algo que , unido a su experiencia vital, motivó a Janaki a luchar por los derechos de este colectivo: “Las mujeres Kamaiya trabajamos desde el amanecer hasta el anochecer, pero nuestra labor no es reconocida. Si los hombres salen a trabajar durante unas horas, ganan más dinero que nosotras en una jornada. Exigimos que se equiparen los salarios entre los hombres y mujeres que realizan el mismo trabajo. Estamos reclamando nuestros derechos, somos las que sufrimos el hambre y las violaciones”. 

Al comienzo de ser activista, el marido de Janaki se mostró muy escéptico, pero ella le convenció de la importancia de su lucha y ha conseguido incluso implicarle. Padres de dos hijos, viven en tierras que han ocupado ilegalmente y reciben la ayuda de sus vecinos cuando se ven muy apurados. Ambos son analfabetos y anhelan darle una buena educación a sus hijos, aunque a Janaki le preocupa que “su educación esté por debajo de nuestras expectativas“. Mientras lucha por sus derechos y por los de las mujeres Kamaiya, espera poder acceder a un terreno en el que pueda establecerse con su familia definitivamente y tener un huerto propio con el que pueda mantener a su familia de forma autosuficiente.

Foto: ActionAid

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Rawshon Ara

Bangladesh, 40 años.

Es viuda, tiene cinco hijos y perdió su casa en una de las durísimas inundaciones que suelen asolar su país. Entonces, recibió ayuda para reconstruir su casa y para que su familia pudiera superar el umbral de la pobreza. Llegaron nuevas inundaciones y nuevos desalojos forzosos, pero ya no pasan hambre. Rawshon recibió formación y ahora sueña con una buena educación para sus hijos pequeños.

Rawshon no sabe qué edad tiene, aunque calcula que debe estar entre los 37 y 42 años. Es vecina de Telia Notun Parra, en el distritio de Sunamganj al noroeste de Bangladesh, y madre de cinco hijos entre los 13 y 27 años. Hace seis, cuando su marido quedó paralizado por una enfermedad, ActionAid llegó a su comunidad y su familia recibió arroz y legumbres, así como un pequeño aporte económico para reformar su casa, destartalada por las inclemencias del tiempo: “Cuando recibimos el arroz pensamos que era un regalo de los dioses. Éramos muy pobres y estábamos indefensos, eramos víctimas de las inundaciones“.

Tras perder a su marido ese mismo año, recibió formación en los grupos de auto-ayuda creados por Ayuda en Acción a través de ActionAid: industria artesanal (aprendió a hacer muñecas de trapo), conocimientos de veterinaria para animales domésticos, e incluso costura, recibiendo una máquina de coser con la que podía crear piezas textiles para luego venderlas. La extrema pobreza de su región le impide colocar su producción y a veces se ve obligada a pedir prestado, pero no ha dejado de participar activamente en grupos de discusión para presionar al gobierno: “Todavía sufrimos  discriminación. No hemos prosperado porque somos pobres y nadie nos escucha“.

Sus hijos han tenido que abandonar el colegio en contadas ocasiones porque no tenía cómo alimentarlos y se veía incapaz de enviarlos a la escuela con el estómago vacío. Uno de ellos estudió mientras pudo beneficiarse de la educación pública -en determinado grado, en Bangladesh se cobra por el acceso a la educación- y, aún hoy, la escolarización de sus dos hijos pequeños corre peligro. Mientras sigue recibiendo apoyo de ActionAid para sobrevivir, Rawshon sueña con darle una buena educación a su hija más pequeña y evitar que tenga que casarse a edad temprana.

Foto: Nicolas Axelrod / ActionAid

 

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Marta Ruiz

Colombia, 33 años.

Mujer emprendedora, es presidenta de la Asociación de las Mujeres Campesinas de Lebrija, un proyecto que permite que 250 mujeres de la provincia colombiana de Soto, así como sus familias y su comunidad, se beneficien y tengan acceso a una calidad de vida mejor a través del cultivo de productos agropecuarios orgánicos.

“El proyecto es un sueño de hace muchos años de un grupo de mujeres; la venta de productos sin intermediarios es el anhelo más grande de todo campesino”, así habla Marta Ruiz de AMMUCALE, una asociación que nace de un proyecto que buscaba fortalecer las capacidades locales de las mujeres campesinas del municipio de Lebrija, a través de un punto de mercadeo local de alimentos orgánicos de comercialización directa y que, hoy, es ya una realidad.

La asociación, apoyada por Ayuda en Acción a través de Corambiente (Corporación Buen Ambiente de Bucaramanga), aglutina a 250 mujeres activas que han conseguido emprender negocios avícolas, piscícolas y de agricultura orgánica. “Hemos trabajado mucho con ellos, que han sido el pilar para nosotras. Nos han fortalecido muchísimo en cuanto a proyectos y formación, capacitando a las mujeres para que tengan autoestima y aprendan a liderar. Ha sido duro por el estereotipo que se relaciona a la mujer campesina, pero con su ayuda hemos podido emprender y más de 200 mujeres generan ahora ingresos”.

La comercialización directa disminuye la cadena de intermediarios entre las productoras y los consumidores; mejorando los ingresos económicos para las familias asociadas y ofreciendo precios competitivos para poder vender sus productos: desde agropecuarios orgánicos frescos como frutas, hortalizas y verduras; productos transformados como yogurt, queso, chocolate o cárnicos y alimentos preparados como el café. También aprovechan el entorno rural para crear abono con el estiércol del ganado y hacen guarapos artesanos con hierbas para fumigar sus huertos y evitar los pesticidas. En Lebrija tienen un punto de venta fijo, cada ocho días tres socias venden productos de la asociación en el Mercado Campesino de Real de Minas y cada quince días lo hacen en el barrio de La Joya, en un mercado que han montado los integrantes de esa comunidad.

 Foto: AeA Colombia

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Victoria Vilca Cancho

Perú, 43 años.

En la recóndita comunidad alto andina de San Juan de Uchuyri, en el distrito de Chuschi y provincia de Cangallo, muchísimas mujeres viven en condiciones de pobreza y exclusión. Victoria ha conseguido desmarcarse del estereotipo tradicional que insinúa que la mujer no puede ser emprendedora en el entorno rural y cuenta con un huerto propio que le permite contribuir a la economía familiar.

Cada domingo a las tres de la mañana Victoria ya está en pie, lista para salir rumbo a la feria del mercado agro ecológico de la región de Ayacucho. Son tres horas de distancia y “Mama Vicky”, como la llaman cariñosamente empieza su día con entusiasmo. Los productos: zanahorias, rabanitos, lechugas, manzanas y cereales, que ella misma ha sembrado, abonado y cosechado, son su mejor carta de presentación.

En la sierra del Perú, miles de mujeres viven en duras condiciones, con altos índices de pobreza y exclusión. Victoria recuerda que años atrás su vida era diferente, sin oportunidades para salir adelante. “Mi papá no permitió que yo fuese a la escuela. El decía: ‘para qué vas a estudiar, las mujeres tienen que ir a pastar las vacas y carneros, además quién me va ayudar con los quehaceres de la casa’. Y eso me hacía sentir muy triste”.

Sin embargo, Victoria no se resignó nunca, se casó, tuvo cinco hijos y se dedicó al cultivo para el consumo interno familiar. Pero siempre rondaba en su cabeza la idea de que las mujeres pueden y deben tener un respaldo económico para contribuir al sustento del hogar. “No debemos esperar al esposo, debemos de ser autosuficientes y estar preparadas para todo”, manifiesta convencidaRecuerda su experiencia al llegar por primera vez a la feria. “Estaba asustada porque no sabía hablar bien castellano, tenía miedo de no vender y era muy tímida. Pero poco a poco con las formaciones que recibíamos me iba soltando y ganando confianza en mí misma”.

Victoria fortaleció en poco tiempo sus capacidades de liderazgo, y fue elegida por sus compañeras como presidenta de la Asociación de Mujeres Productoras de Hortalizas de su comunidad, conformada por valientes mujeres que como ella se están abriendo paso en el mercado. También, ocupa el cargo de secretaria de la Asociación Regional de Productores del Mercado Ecológico de Ayacucho, que alberga a 23 campesinos de Paras Chuschi, Huancasancos, Vilcas Huamán, Huamanga o Vinchos.

“Gracias a Ayuda en Acción y al CEDAP, que me enseñaron a sembrar verduras y cereales, que me enseñaron técnicas para mejorar mi cosecha, que me han dado la fuerza para salir de mi casa y vender mis hortalizas, ahora tengo clientes que compran mis productos. Con ese dinero le estoy dando educación a mis hijos, para ser algo mejor en la vida. Mi hijo Nelson se está preparando para la universidad y va a estudiar agronomía”, cuenta orgullosa.

El año pasado cumplió uno de sus sueños, llevar sus productos a la capital y participar junto a sus compañeros en la Feria Gastronómica más importante del Perú y Latinoamérica: Mistura 2012. Ataviada con su traje típico y su carisma logró vender la totalidad de sus productos y el público quedó encantado con los granos andinos como la quiwicha, maca, kañiwa y quinua. “Me siento feliz de haber tenido la oportunidad de dar a conocer mis productos orgánicos y saludables en la ciudad de Lima. Las mujeres podemos lograrlo todo”, finaliza Victoria esbozando una gran sonrisa que contagia y hace honor a su nombre.

Foto: AeA Perú

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Juana Pérez

México, 40 años.

Para poder dedicarse a sus cultivos de maíz y frijol o a realizar los servicios domésticos, Juana ha montado junto a una veintena de mujeres de La Libertad, en el estado mexicano de Chiapas, un proyecto propio de guardería. Una iniciativa de un grupo de madres que se coordinan para el cuidado de niños pequeños y que permite que puedan desarrollar sus quehaceres.

Juana Pérez vive en la Libertad, una comunidad del estado mexicano de Chiapas. Juana ha puesto en marcha junto a una veintena de mujeres un centro comunitario en el que las madres con hijos pequeños que no tienen edad de ir a la escuela pueden dejar a los pequeños mientras salen a trabajar al campo a cultivar maíz y frijol o a realizar servicios domésticos. Son las propias madres las que se organizan en turnos dependiendo del número de hijos que tienen. “La que tiene dos hijos tiene que ir a cuidar dos días y si tiene tres, pues tres días. Cada día, dos hacemos la comida y otras dos cuidamos a los niños”.

Antes de poner en marcha el centro, las mujeres se veían obligadas a llevarse a los niños y niñas al campo, donde encaramados en las espaldas de sus madres estaban expuestos al sol y a la lluvia durante horas. “Ahora podemos salir a trabajar sin preocuparnos y sabemos que están bien cuidados por otras madres educadoras”.

El centro, llamado Las Florecillas, es un proyecto en el que colaboramos con los productos que cultivamos, con los que las madres preparan cada día el desayuno y almuerzo de los pequeños y de los niños y niñas de primaria, ayudando así a que todos ellos tengan asegurada su alimentación.

Foto: Salva Campillo / AeA

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María Elivoria Martínez Rivas

Nicaragua, 67 años.

Vecina de la comunidad de San Antonio de Bull Bull, del municipio nicaragüense de El Tuma La Dalia, es madre de diez hijos -cuatro varones y seis mujeres- y viuda desde hace 20 años. La vida la obligó a sacar adelante a su familia sin ningún otro apoyo que su trabajo, que consiguió a través de la formación que recibió para el cultivo de hortalizas. Es una auténtica luchadora.

“Soy viuda desde hace 20 años, los cuales han sido muy duros”, recuerda María Elivoria cuando hace un repaso de su vida. Pero consiguió revertir la situación, gracias a la formación que recibió a través de sendos programas de seguridad alimentaria de Ayuda en Acción: primero durante nueve años en un programa llamado Zona Norte financiado por la Unión Europea y ahora mismo, desde hace ya dos años, con el programa de Seguridad Alimentaria de ODESAR, socio local de Ayuda en Acción en Nicaragua.

Me siento muy contenta porque me gusta sembrar plantas de todo tipo. Los cultivos principales en este programa son frijoles y maíz, también hortalizas como tomate o chiltoma (pimentón o pimiento dulce) entre otros“. Nos cuenta además que la política de este programa es de fondos revolventes, “muchas veces uno carece de dinero para comprar semillas para la siembra y estos organismos vienen a apoyarnos”.

A pesar de ser sexagenaria, María quiere seguir aprendiendo y también ayudando. “Como mujer me siento muy contenta ya que me han permitido un espacio de participación y esto es algo que tampoco veía antes, me siento que soy tomada en cuenta y lo que sí quisiera es que se dieran más formaciones para el cuidado del medio ambiente. Deseo también seguir trabajo con los programas de desarrollo que lleguen a la comunidad y seguirme capacitando para poder aprender más”.

Y tampoco le faltan palabras de agradecimiento: “Me siento una mujer luchadora en medio de las situaciones que he vivido, quiero agradecer la oportunidad que me han brindado para poder salir adelante”.

Foto: AeA Nicaragua

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Irene Giselle Mejia

Honduras, 25 años.

Irene Giselle Mejia vive en la comunidad de Cusuna en el municipio de Iriona, una comunidad garífuna cerca de la playa, ubicada en la zona norte de Honduras. Tiene a su cargo 4 niños, tres de los cuales son hijos de una hermana suya que fue asesinada hace dos años y a quien todavía recuerda con dolor. Gracias a la ayuda y orientación que ha recibido, ella y su familia están superando este enorme bache.

Para Irene la vida no ha sido fácil después de la muerte de su hermana, pues no solo ha tenido que trabajar para poder mantener a sus 4 hijos -uno propio y tres sobrinos-, también se ha esforzado por entender y apoyar emocionalmente a cada uno de ellos, sobre todo al hijo mayor de 8 años, que fue testigo del asesinato de su madre a manos de dos hombres. “Trabajo de lo que salga, porque no es fácil mantener a 4 niños”, nos comenta.

En 2012, Ayuda en Acción inició el programa de “Escuela para Padres y Madres”, e Irene fue una de las personas que decidió participar, integrándose en los dos módulos impartidos hasta la fecha. A partir de la experiencia, todo cambió. Irene expresa “mi vida y la de mis hijos han cambiado, desde que tuve la oportunidad de participar en la Escuela para Padres y Madres, he aprendido que cada uno de mis hijos es diferente y que están pasando por distintas etapas, ahora sé cómo orientarlos en algunas situaciones”.

Irene es madre soltera y está desempleada, pero a pesar de ello ve la vida con esperanza y desea seguir participando en los próximos módulos, pues le interesa tener más orientación para guiar a sus hijos en diferentes aspectos de la vida. Además ha sido elegida por la comunidad como enlace comunitario y como educadora voluntaria en un Centro de Atención a la Primera Infancia. Está dispuesta a seguir aprendiendo para dar y auydar a los demás.

Foto: Karen Chacón / AeA Honduras

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Thabu Chidimba

Malawi, 41 años.

Divorciada y madre de cinco hijos, hace apenas unos años no tenía dinero, ni tierras, ni comida para alimentar a su familia. Su propio hermano tampoco le permitía cultivar la tierra de su padre. Llegó a perder la confianza en sí misma: se sentía inferior y la impotencia la abogaba al llanto. Pero todo eso ha cambiado… Thabu no sólo sustenta ahora a sus cinco hijos, sino a siete niños y niñas huérfanos.

Thabu, natural del pueblo de Gongona en el distrito de Rumphi, venció la desesperación gracias al proyecto “Women’s Forum” de ActionAid, socio de Ayuda en Acción en Malawi. Según un estudio de 2003, únicamente el 4% de las mujeres de Rhumpi poseía tierras a pesar de que un 91% las trabajaba. Tras la implantación del proyecto, las mujeres han tomado conciencia de que tienen derechos, de que pueden denunciar la violación de estos derechos ante las autoridades y que también tienen derecho a poseer tierras.

Gracias al acceso a la información, Thabu pudo reclamarle a su hermano parte de las tierras de su padre para cultivarlas, y posee cerdos y ganado vacuno que le han permitido además producir estiércol y ahorrarse la inversión en fertilizantes. Con su pequeño negocio, puede mantener a sus cinco hijos y a sus siete tutelados -hijos de sus hermanas fallecidas- y ayudar a que todos asistan a la escuela. Thabu tiene un cultivo de tomates y maíz, fertilizado con compost que ella misma hace, en un terreno de más de tres hectáreas que comparte con otras treinta mujeres de su comunidad y que le permite dar sustento a 17 personas de su familia.

Junto a la “Coalición de Mujeres Agricultoras y Granjeras”, Thabu sigue luchando porque se respeten los derechos de las mujeres en su región y por tener acceso a unas subvenciones que tradicionalmente sólo estaban destinadas a los hombres por el mero hecho de serlo. Sueña con comprarse un tractor, tener más animales y mejorar su negocio con el objetivo de poder dar a sus pequeños un buena educación que les permita ser autosuficientes en el futuro.

Foto: Graeme Williams / Panos / ActionAid

 

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Karina Muñoz

Ecuador, 32 años.

Recibió malos tratos por parte de su marido hasta que éste la abandonó para irse con otra mujer, viéndose obligada a criar a sus dos hijos ella sola. Después de recibir formación y montar su propio negocio, hoy es Presidenta del Grupo de Avicultoras Familiares de la Asociación de Mujeres Emprendedoras de MAPEL y quiere ser la mayor productora de pollos de su ciudad.

No hay mejor muestra del cambio acontecido en la vida de Karina que escuchar a uno de sus hijos: “si mi mamá no tuviera este negocio no podríamos ni pagar la escuela, ni comprar los libros, ni siquiera nos alcanzaría para la comida, no podríamos comer ni un solo pan”. Tras asistir a un curso de formación, Karina regenta un negocio de avicultura en la comunidad de Monteverde, en la provincia ecuatoriana de Santa Elena. Es una de las mujeres emprendedoras de la Asociación MAPEL y Presidenta de las Avicultoras, que agrupa a unas cincuenta mujeres que se dedican a la cría de pollos dentro de la asociación.

Karina también aporta su mensualidad al “Banquito”, una iniciativa de MAPEL mediante la cual algunos grupos van ahorrando un dinero que utilizan para prestarse entre ellas con un interés permisivo o para que, si ninguna necesita un préstamo, les vaya generando intereses.

Actualmente Karina está aprendiendo a hacer embutidos… mientras trabaja con ilusión para cumplir su siguiente sueño: que las avicultoras puedan mejorar la presentación de su producto (registro sanitario, embalaje con logotipo), hacerse con maquinaria que les permita filetear o empanar el pollo o tener un local profesional para manipular el género. Además, los fines de semana vende dulces en la playa para ganarse un dinero extra… por mis hijos hago lo que sea, arumenta con el orgullo de la madre coraje que es.

Foto: Yago de Orbe / AeA

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Muthoni Kamatha

Kenia, 17 años.

Muthoni fue salvada de la mutilación genital femenina el mismo mes en que se la iban a practicar. A su familia se le ofreció una beca de estudio para ella a cambio de que no se llevase a cabo. Hoy, es la primera de su clase y quiere ser profesora universitaria. Inteligente y despierta, colabora en las campañas contra la ablación de su región. Su ceguera no le ha impedido superarse y vencer los obstáculos.

Fue en 2001 en la región de Tharaka. Un grupo de la Fundación Kirira visitó el hogar de la familia Kamatha, escondido tras una pedregosa loma, de la mano de Action Aid Kenia. Allí encontrarón a Muthoni, una niña de poco más de cinco años que cargaba con un pesado bidón de agua. Era ciega.

La conocieron en agosto, mes de la mutilaciones. No sabía ni leer ni escribir. Le ofrecieron a su familia una beca de estudios para ella y así consiguieron evitar que fuera mutilada o casada a temprana edad. De no ser así, quizá nunca hubiera podido acceder a la educación, tiene más de quince hermanos.

Muthoni empezó a ir a una escuela para niños y niñas ciegos en Chuka. Doce años más tarde, está cursando secundaria, es la primera de su clase, y no sólo habla tharaka sino también swahili e inglés a la perfección. Maneja el sistema braille y ha recibido de la Fundación Kirira una máquina de escritura para que pueda hacer su sueño realidad: ser profesora de universidad. Cuando los estudios se lo permiten, Muthoni colabora en las campañas antiablación de Tharaka. Se ha convertido en una auténtica líder de opinión para muchas niñas y niños de su región.

Foto: Fundación Kirira

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Marina Calvo

México, 39 años.

La unión hace la fuerza. Ante la imposibilidad de montar un negocio por ella misma, Marina se ha unido a una veintena de mujeres de su comunidad chiapaneca para poner en marcha un esperanzador proyecto: que cada una cuente con una huerta y un criadero de pollos y conejos. Juntas recibieron formación y semillas, de forma independiente cultivan su tierra y crecen sus animales para proporcionar a sus familias una alimentación digna.

Marina Calvo se pone en marcha todos los días a las cuatro de la mañana. Se levanta, hace el café y comienza a preparar la masa de maíz con la que hace las tortillas que se convertirán en uno de los principales alimentos de su dieta diaria y la de toda su familia.

En la comunidad de La Libertad, en Chiapas, la producción de granos básicos como el maíz o el frijol son uno de los principales sustentos de las familias, que producen, consumen y únicamente venden cuando tienen excedente. Sin embargo, escasean otros alimentos como las hortalizas o las frutas que garantizan una dieta equilibrada y que, en el caso de Marina, le ayudan a tratar la anemia que sufre desde hace años.

Marina, junto a una veintena de mujeres, ha puesto en marcha su propia huerta y su propio criadero de pollos y conejos. “Hasta ahora teníamos que comprar esos mismos productos a otras personas que venían a vender, pero muchas veces no teníamos cómo porque la producción de la milpa (frijol y maíz) no daba suficiente. La carne solo la comíamos cada quince días,  pero ahora nuestros hijos están consumiendo más y también más verdura. Podemos darle de comer cosas que antes no podíamos”.  Ayuda en Acción aportó la formación y las semillas y ellas construyeron sus propios huertos y criaderos con la colaboración de sus maridos. “Es un proyecto en familia, mi marido y mis hijos también me ayudan a sacarlo adelante”.

Foto: Salva Campillo / AeA

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María Salazar

Colombia, 40 años.

A veces las casualidades te cambian la vida: María jamás pensó que encontraría el sustento que le faltaba para mantener a su familia en un curso de costura. Ahora, cuatro años después, diseña, cose y recicla ropa en un barrio periférico de la ciudad colombiana de Quibdó. Su historia muestra el valor que la formación puede tener para superar los obstáculos.

María se inscribió en un curso de costura de Ayuda en Acción por casualidad, gracias a la insistencia de una amiga. “Me gustó. Yo decía: si aprendo, tengo que salir adelante”. Eso fue en 2009 y desde entonces se gana la vida con su máquina de coser. “Hago ropa deportiva, ropa interior y con eso me voy ayudando. Si hay alguien a quien le gusta se lo hago y se lo vendo”.

Si algo tiene esta mujer es que sabe reinventarse. Cuando las cosas andaban más flojas decidió ampliar sus productos y optó por reciclar ropa usada. “Fue una idea que aprendí en la televisión, en un programa de un país extranjero. Dije: eh, si funciona allá también debe funcionar acá”. Y se puso manos a la obra, convirtiendo faldas en bolsos, camisas en cojines… “Hago útil lo inútil”.

Salvo cuando se le estropea la máquina, que sucede de vez en cuando, María consigue sacar lo suficiente para mantener a los nueve hijos con los que vive en uno de los barrios periféricos de Quibdó, en Colombia.

Foto: Salva Campillo / AeA

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Kamene Kavete

Kenia, 12 años.

Su madre la abandonó para casarse con otro hombre, dejándola al cuidado de su padre, que empezó a abusar sexualmente de ella. Gracias al club antiablación de su escuela, Gacigongo, Kamene pudo ser rescatada, fue salvada de la ablación, y pronto empezará sus estudios de secundaria. Está convencida de que la educación le hará salir adelante.

La Fundación Kirira se hizo cargo de Kamene cuando tenía 9 años. Estudiaba primaria en la remota escuela de Gacigongo y convivía con su padre en pequeñas cabañas de adobe y paja. Cuando su madre la abandonó para casarse con otro hombre, su padre, alcohólico, comenzó a abusar sexualmente de ella, algo que Kamene llevó en silencio durante muchísimo tiempo hasta que un día llegó a clase moribunda y con su uniforme hecho trizas.

“Mi padre insistía en que durmiese en su cabaña. Yo intentaba escaparme cuando me forzaba, luego me hacía dormir en el suelo mientras él lo hacía en una pequeña cama. Cuando mi profesor me preguntó acerca de mis problemas, no dudé en contárselo todo. Me habló de la Fundación Kirira y ahora soy feliz aquí… la historia ha terminado”, cuenta ahora, con 12 años, y a punto de comenzar sus estudios de secundaria.

Kamene accedió a hablar cuando su profesor le contó que la Fundación Kirira estaba construyendo una casa de acogida para niñas y mujeres que vivían situaciones similares a las suyas o que eran víctimas de la mutilación genital femenina. Lo contó todo a cambio de que la ayudaran a escapar de su padre. Ahora está integrada en el programa de huérfanos de la Fundación, va a una nueva escuela y tiene una familia temporal que cuida de ella hasta que la casa de acogida esté totalmente terminada. Kamene ya no sufrirá más abusos ni será mutilada.

Gracias a los clubs antiablación y a los grupos de autoayuda de Tharaka, instaurados en 38 escuelas de primaria por la Fundación Kirira, se detectan casos como el de Kamene y se sensibiliza a niñas y niños sobre la mutilación genital femenina a través de poemas, canciones y eslogans como Education is my right (“Tengo derecho a la educación”) o Smart girls say no to female circumcision (“Las chicas listas dicen no a la circuncisión femenina”).

Foto: Fundación Kirira

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Maritza Figueroa

Ecuador, 38 años.

Cuando quedó viuda, Maritza no tenía trabajo y, en consecuencia, tampoco tenía estabilidad económica. Antes, ella y su familia no se podían permitir más que una comida al día. Tras recibir formación, rehacer su vida y volverse a casar, es pastelera de la Comunidad de Cadeate, en la provincia de Santa Elena, Ecuador.

La vida de Maritza ha dado un giro completo desde que recibió ayuda del Centro de Promoción Rural de Ecuador, montó su pastelería y se convirtió en una de las mujeres de la Asociación de Emprendedoras de MAPEL. “Mis compañeras dicen que ya no soy la Maritza que yo era antes, que yo soy otra Maritza. Yo lo digo, pero con el mismo corazón… lo poco que yo tengo lo sé compartir”. Con su negocio, no sólo ha podido sacar adelante a su familia, sino que ha podido emplear y ayudar a otras personas que no tienen.

Además, es un excelente ejemplo de cómo la autonomía económica de la mujer puede cambiar la actitud machista de los hombres. No hay más que escuchar a su esposo, quien le ayuda a llevar la pastelería… “el negocio dice, propietaria: Maritza Figueroa”. Inseparables, juntos trabajan los pasteles y juntos hacen el reparto: “primero no comíamos porque no teníamos plata, a raíz que fue pasando el tiempo y se fue haciendo el negocio, ya no comíamos porque no teníamos tiempo para comer”. Sin embargo, les sobraban ganas e ilusión.

Una de las grandes satisfacciones de Maritza es poder defender y hacer valer el derecho a la educación de sus hijos, ya que ella no tuvo esa oportunidad: “Una mujer emprendedora es la que lucha por salir adelante, la que saca a su familia adelante e intenta darle a sus hijos lo mejor”. Ahora, su sueño es terminar su casa y tener una hermosa pastelería donde pueda colgar un letrero luminoso que, entre otros reconocimientos, deje leer “Ayuda en Acción”. Para, como ella misma reconoce, “mostrar el gran esfuerzo que yo he hecho y que he obtenido gracias a esos apoyos que me han brindado”.

Foto: Yago de Orbe / AeA

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Birknesh

Etiopía, 21 años.

Cuando contaba apenas 17 años, Birknesh, siguiendo una de las costumbres tradicionales etíopes, fue forzada por su familia a casarse con un hombre que ni siquiera conocía. Solicitó una prueba de VIH a su futuro marido y, al dar positiva, se negó al casamiento. Hoy, con 21 años, es un modelo a seguir para todas las jóvenes de su comunidad.

Birknesh vive con su familia en un poblado rural cerca de la capital etíope, Addis Abeba. Su historia desvela la trascendental importancia de la información y de la sensibilización en la defensa de los derechos de las mujeres y en la transformación de las prácticas tradicionales perjudiciales. Gracias a los Grupos de Vigilancia formados por Ayuda en Acción en Etiopía, pudo evitar el matrimonio precoz y pactado al que le forzaba su familia con un hombre al que ni siquiera conocía personalmente.

Birknesh insistió en que su futuro marido se hiciese la prueba de VIH y, al resultar positiva, pudo negarse a casarse con él, respetando no sólo su derecho a seguir estudiando sino su derecho a decidir por ella misma. El matrimonio fue cancelado, pero su familia tuvo que afrontar igualmente la dote pactada. Su abuelo, un octogenario granjero, le dio todo su apoyo a Birknesh a pesar de ir en contra de la tradición y acarreó con todos los gastos para que su nieta pudiera seguir su vida.

En Etiopía, las mujeres forman el 49,5% de la población en un país donde los hombres y niños tienen preferencia a la hora de acceder a la alimentación, la educación o la salud. También por tradición, las mujeres y niñas son víctimas de diferentes prácticas perjudiciales como la mutilación genital femenina o el matrimonio precoz. En este contexto, Ayuda en Acción, Action Aid y el Fondo Fiduciario de la ONU han llevado a cabo un proyecto en 85 municipios de cinco regiones etíopes con el propósito de poner fin a cualquier tipo de violencia contra mujeres y niñas. Para tal fin, se montaron Grupos de Vigilancia, con miembros de cada comunidad, para que ejercieran de “vigilantes” y concienciaran a sus comunidades sobre el daño irreparable que supone la ablación, el matrimonio pactado y precoz o la violencia de género.

Foto: Petterik Wiggers / Panos / ActionAid

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Norma Mendoza

Bolivia, 65 años.

Conocida coloquialmente como Doña Norma, ha vivido en Cotaigita toda su vida y tiene 3 hijos. Creció rodeada de adultos en Potosí, en el altiplano boliviano, en condiciones de pobreza muy complicadas y viendo truncadas sus aspiraciones de futuro. Pero su tesón por contribuir a su desarrollo y al de su comunidad, la terminó llevando a ser alcaldesa de su municipio.

Recuerda una infancia difícil, aunque le sirvió de inspiración para salir adelante. Norma, siempre inquieta por contribuir a su propio desarrollo y al de sus vecinos, se vinculó a la ONG boliviana Causananchispaj, que opera en Potosí y que durante doce años contó con el apoyo de Ayuda en Acción. Se convertió así en líder de su comunidad, al tiempo que se implicaba también como promotora de salud: al conocer que 260 mujeres por cada mil embarazadas moría en el parto o que 224 niños de cada mil fallecían antes de cumplir un año de vida, sintió que tenía que hacer algo.

Doña Norma no dejó nunca de formarse, adquiriendo habilidades y aptitudes que reforzaron su liderazgo, ni de ganarse la confianza y agradecimiento de sus vecinos gracias a su trabajo. Formar parte activa de los espacios de participación social (asambleas, talleres, reuniones…) la llevó al sillón de la alcaldía de su municipio en 2004. Por votación popular, acumulando el 19,87% de los votos, fue electa alcaldesa.

Recuerdo que en las primeras reuniones me eligieron como autoridad originaria, como representante de las mujeres. Con el apoyo de esas personas que desde esos lejanos lugares nos ayudaron y de los líderes comunitarios, quienes nos han llevado adelante, son 59 comunidades que se han beneficiado con Ayuda en Acción. Nos sentimos orgullosos porque se han mejorado nuestras condiciones de vida en salud, en educación, en producción y en organización comunitaria… Se han hecho y se han equipado escuelas, internados, centros de salud, sistemas de riego. Ya no hay muertes de mujeres, gracias a todo lo que se ha hecho y al trabajo de las parteras; ahora las mujeres ya no sufrimos como antes”, rememora la misma Norma.

Doña Norma dejó la alcaldía hace más de siete años,  pero sigue siendo consciente de que el desarrollo de su zona y el cambio de vida de las familias fueron posibles gracias a su participación y la de sus compañeros y compañeras, la implicación de los gobiernos municipales y la cooperación internacional. Sabe también que la sostenibilidad de todo lo que se ha logrado depende únicamente de ellos y de su esfuerzo, del compromiso de las nuevas autoridades locales y de la fiscalización que haga la población del uso de los recursos públicos. La suya es una historia de tesón y compromiso, inspiradora para las nuevas generaciones de su comunidad.

Foto: AeA Bolivia

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Estebana Isabel Calderón

El Salvador, 50 años.

Tiene cincuenta años y ha traído ocho hijos al mundo. En su comunidad, forma parte del comité de mujeres, de la directiva del centro escolar, es presidenta de la cooperativa ACOSUCHI y participa activamente en las organizaciones que trabajan por los derechos de las mujeres. La enfermedad terminal que padece no le ha impedido seguir luchando.

Estebana Isabel Calderón, Isabel como la llama la mayoría, vive con cuatro de sus ocho hijos en el Cantón Palo Grande del municipio de Suchitoto. Forma parte del comité de mujeres de su comunidad desde el año 2002, en el cual junto a catorce compañeras, se ha dedicado a la elaboración de artesanías con tuza, productos de limpieza y velas aromáticas. Sus cualidades de liderazgo, tenacidad y espíritu de servicio la han llevado a formar parte de la directiva del centro escolar de su comunidad y de otros grupos que trabajan la agricultura orgánica.

Actualmente, Isabel  es la presidenta de la cooperativa ACOSUCHI, donde se apoya la comercialización de los productos que se obtienen de las diferentes iniciativas económicas que se encuentran en  la zona. También participa activamente en las organizaciones que luchan por los derechos de  las mujeres en el municipio, optimizando su tiempo para cuidar a sus hijos sin dejar de “trabajar con la gente”.

En 2011 le informaron de que padecía una enfermedad terminal y ha estado en tratamiento desde entonces, recayendo en muchas ocasiones, pero manifiesta que “eso” no ha sido obstáculo para continuar con el trabajo que realiza a favor de los niños, niñas y las mujeres: “este es el trabajo que me gusta hacer y es el que me llena de satisfacción. He tratado de mantener mi autoestima y no dejarme vencer por mi enfermedad”.

Esta actitud de fortaleza le ha permitido ganar la admiración de muchas personas, incluyendo la de su familia, por ser una mujer emprendedora que cada día sale a buscar nuevas oportunidades  que le permitan salir adelante y construir un mejor futuro para sus hijos e hijas en condiciones de igualdad. Estebana no ha cesado en su intento de hacerse visible ante una sociedad que históricamente ha ignorado a las mujeres que luchan por sus ideales… por un mundo más justo en donde mujeres y hombres tengan las mismas oportunidades para desarrollarse.

Foto: AeA El Salvador

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